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Noticias de Boxeo
Domingo 13 de Diciembre de 2009 - 20:56:41
Estos son "nuestros" modelos
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Luis Rubén Acuña luchó contra un linfoma no Hodgkin durante más de 12 meses. Tras someterse a quimioterapia y sesiones de rayos, el púgil amateur galvense, de 21 años, volvió a los rings –y con un triunfo– el pasado 13 de noviembre
Angustia, incertidumbre, preocupación, abatimiento y –lógica e inevitablemente– miedo, fueron algunas de las múltiples sensaciones que el boxeador amateur galvense Luis Rubén Acuña experimentó durante poco más de un año. Jamás, en sus 89 peleas previas, había tenido que enfrentar a un rival tan difícil y temido ya que, muchas veces, se lleva la victoria. Pero, en este combate, esta maldita enfermedad no pudo con la fuerza, determinación y ganas de vivir de un pibe que hoy, con 21 años, puede inflar el pecho y decir que derrotó al cáncer y, además, que volvió a practicar el deporte que lleva en el alma. Pasen y lean.

La peor noticia
“Esta historia empezó en agosto del año pasado, cuando vi que tenía una bolita cerca de la garganta, en el costado derecho de mi cuello, y me molestaba tenerla ahí. Con el tiempo, esto se fue agrandando pero me dolió sólo una vez, cuando ya estaba muy expandido y me molestaba hasta para tragar la comida. Era raro, porque a veces estaba más grande y, otras, más chica, pero no dejaba de tener un tamaño importante y no tenía por qué estar ahí. Desde que comenzó todo, estaba sin saber qué tenía, y si era malo o bueno. Entonces, fui a ver a un médico en Gálvez, el doctor Leonardo Diana, quien me llevó a Rosario. Fuimos a ver a un especialista de cabeza y cuello y, ahí, me hicieron una serie de punciones y otros estudios. Ahí no estuve asustado pero, igual, me parecía raro que no supieran qué era lo que tenía. Hasta que en enero de este año me hicieron una biopsia (me sacaron un pedacito de lo que tenía en el cuello, que ya estaba bastante expandido), que me la realizó el doctor Verini y, ahí, él me diagnosticó que lo que tenía era un linfoma no Hodgkin. Igual, estaba tranquilo porque ya lo tenía y, entonces, era en vano asustarme. Sólo esperaba que me dijeran cómo se curaba”, comenzó su relato el boxeador galvense.
Lucha sin cuartel
Sin dudar, Luis le declaró la guerra al resultado que arrojó la biopsia. Pero, ahí, comenzó lo más duro de varias batallas que debió librar más adelante. “Cuando me dijeron que el linfoma no Hodgkin era un tipo de cáncer, lo busqué en Internet para informarme mejor. En un principio, me lo tomé con mucha tranquilidad, sabía que con el tratamiento esto se iba a poder curar, confiando en los médicos y creyendo que todo me iba a salir bien. Por eso estuve bien en ese período inicial. De mi familia recibí un apoyo total. Ya en febrero había empezado con el tratamiento de quimioterapia, el que duró hasta junio. Fue en el Hospital Provincial de Rosario cada 21 días, con la doctora Noviello, de la misma ciudad, la que me las había mandado a hacer y con la que, a la fecha, hago todas las consultas y controles, y a la que me derivó el doctor Verini. La quimioterapia te descompone, te causa vómitos... Se me cayó el pelo, perdí unos cuatro kilos de peso y estaba muy expuesto a enfermarme de cualquier otra cosa, porque tenía las defensas muy bajas. Aparte, en esa época también se dio la epidemia de la gripe porcina, y debí tener mucho cuidado con eso también”, recordó. 
Y continuó: “Ahí sí estuve un poco asustado, porque los rayos –con los que empecé entre fines de julio y principios de agosto y duraron un mes– también tuvieron lo suyo. Por ahí fueron algo más psicológico que físico. Es decir, cuando estaba con la quimioterapia, yo comía muy poco porque lo vomitaba, y me cuidaba desde el día anterior a que me la hicieran, porque sabía que después iba a estar muy descompuesto. Comía muy liviano, porque a la quimioterapia me la hacían por la mañana y, a la noche o al otro día, estaba muy descompuesto. Como no sabía los efectos que tenía, la 1ª vez había comido bien y normal, y vomité absolutamente todo”. 
Pero los vaivenes no sólo eran en su físico, sino también en sus estados de ánimo. “Fue la época en la que alguna vez puteé y me pregunté «¿por qué a mí?» Me desesperé cuando ya casi estaba terminando. No veía la hora de hacerlo, porque no aguantaba más. Al tema de la quimioterapia digamos que me lo banqué bastante bien pero, cuando llegó la época de los rayos, tenía que viajar todos los días desde Gálvez a Rosario. Entre que te cambiás y te los hacen, todo termina en unos diez minutos. La sesión de rayos en sí, no dura más de tres o cuatro minutos, o sea que yo me perdía todo un día por tres o cuatro minutos. Era viajar, llegar, esperar y volver. Fue interminable”, señaló.
“En ese momento –prosiguió–, como dije, esto me afectaba más en la parte psicológica, la que jugó bastante, porque ahí sí sentí en algunos momentos de que no tenía vida, ya que estaba así y todo dependía de esto, y casi que vivía para mi enfermedad. Por eso tuve que fortalecerme un poco más. Mi familia siempre estuvo pero, también, pedí ayuda a gente que me ayudó mucho, y les estoy muy agradecido por ello. Por eso, le pedí a Dios que me diera otra oportunidad”, alcanzó a contar antes de interrumpir la charla con Ovación y comenzar a llorar. 
En septiembre de este año, Luis  abrazó la fe evangélica y concurre a la iglesia Jesucristo es Dios de Gálvez. “Le agradezco mucho a Falucho Reyes, quien es una de las personas que ayudan en la iglesia. Él me conocía de antes, me acercó a la misma y me ayudó mucho. Una de las chicas que también me dio palabras de aliento y estuvo siempre apoyándome fue Lorena Ojeda, a la que yo le digo Loli con mucho afecto, que me regaló una Biblia, la que guardo con mucho cariño. Le estoy muy agradecido a ella, porque fue la que me mostró las palabras de la Biblia que realmente necesitaba. Además de mi familia, la fuerza para salir adelante provino de aquí, por eso digo que una ayuda extra vino muy bien. Mi agradecimiento para mi familia es eterno, porque siempre estuvieron a mi lado. También a la iglesia; a Falucho, que me acercó, y a Lorena, porque fue mi guía para descubrir cosas muy lindas en la Biblia”, expresó aún emocionado. 

La victoria más importante
“Después de la biopsia, la quimioterapia y los rayos, a fines de septiembre pasado fui a Rosario para otro control. Ahí, después de todos los estudios que me hicieron, me dijeron que podía hacer una vida absolutamente normal ya que, lo que tenía, no estaba más y que no había riesgo de nada. Lo único que debo continuar haciendo, son los chequeos cada tres meses durante los próximos tres años. Después, son cada seis meses y, así, sucesivamente. Lo importante es que me vaya controlando y que no pierda contacto con la oncóloga, la doctora Noviello. Ella fue la que me dio la mejor noticia que podía escuchar y por la que tanto la peleé”, afirmó.
“Fue algo hermoso, increíble. Después de tantas y tantas que pasé, que la doctora venga y me diga que haga una vida absolutamente normal, como si nunca hubiera tenido nada, no tiene precio. Pasaron mil cosas por mi cabeza, me sentí muy contento y me dije «te gané (al cáncer), ya estoy de vuelta». Es una sensación como que no caés porque,  en el momento en que te dicen «vida normal», es casi como que nacés de nuevo. Y, una de las primeras cosas que me vinieron a la mente, fue pedirle a la oncóloga volver a boxear. Cuando me dio la noticia, me imaginé empezando a entrenar otra vez”, dijo con una gran sonrisa. 
“Volví a estar bien y, sin dudas, puedo decir que nací de nuevo. Es otra etapa de la vida la que tengo ahora y, la verdad, es que es muy linda, es algo realmente hermoso. Te das cuenta de algunas cosas que, por ahí, no se valoran tanto. La verdad es que ahora todo es totalmente distinto, pero para bien. Entre todo lo malo puedo sacar cosas realmente muy buenas, que me sirven para mucho más adelante. También, para conocer a la gente, por todos los que me ayudaron y estuvieron a mi lado, y a los médicos que me trataron, a los que les di mucho trabajo (se ríe). Una vez dije que, con esto, perdí un año pero, ahora, digo que en realidad gané muchos más. Por eso estoy muy contento”, enfatizó. 
Y, como premio a su inclaudicable lucha, recibió otra grata nueva. “Me acuerdo de la doctora Noviello cuando me dijo «vida normal», y le comenté que quería volver a boxear. Se reía mucho, pero me contestó «Y bueno, si querés hacerlo...» Quizás ella, como médica, no entienda la pasión que tengo por el boxeo, que es lo que realmente me gusta pero, como era mi decisión, me dio la autorización. Tenía el alta y la libertad para hacer lo que quisiera y, por eso, elegí entrenarme y volver a pelear. Mi papá, que estuvo toda mi carrera en mi rincón, también me apoyó y respetó mi decisión, así como cuando tenía 12 años y empecé a  practicar boxeo. Después, fui recuperando el peso perdido y empecé a entrenarme de a poco, progresivamente. Así fui trabajando hasta que, el viernes 13 de noviembre pasado, en el Club Ben Hur de Rafaela, subí nuevamente a un ring a disputar una pelea. Pero esta vez era algo distinto, porque fue como volver a debutar. No estaba nervioso, sí ansioso por pelear, con muchas ganas de sentir de nuevo lo que era estar ahí arriba. Es una deuda que saldé y, ése, fue un día muy especial. Volver a un ring fue algo muy lindo y emotivo en lo personal. Fue inolvidable”, rememoró.
Y sus sueños –ésos que el cáncer pudo haber hecho añicos, pero que Luis realimenta a diario tras torcerle el brazo a aquél–, se proyectan aún más allá. “Tengo pensado hacerme boxeador profesional. Pero, primero, tenemos que agarrar el ritmo que tenía antes de parar. Con mi papá somos conscientes de que recién estamos arrancando en la preparación, es una etapa nueva y no hay que apurarse. Vamos a ir haciendo todo a su debido tiempo, y seguiré trabajando duro, entrenando y superándome día a día. Tengo la oportunidad, y no la voy a desaprovechar para nada, porque ahora veo distintas algunas cuestiones. ¿Cómo voy a perder tiempo en hacer otras cosas, si tengo lo que realmente me gusta y siento y que es a lo que me estoy dedicando ahora?”, reflexionó.

Un ejemplo de perseverancia 
“Decidí contar esto porque es algo que a la gente le puede servir y, aparte, llegarle el mensaje de que la vida nunca se termina en un diagnóstico ni en nada, y de que no hay que rendirse jamás. Yo creo que en la vida siempre hay que darle para adelante, nunca mirar a lo que pasa atrás ni al costado, sino adelante. Hay que plantearse un objetivo y mirar para adelante, y deben saber que las consecuencias siempre serán buenas, claro que sólo cuando la persona esté encaminada correctamente”, recalcó.
Y continuó: “Creo que mi caso, humildemente, podría servirles como un modelo o un ejemplo a otros, incluso quienes están atravesando situaciones todavía más difíciles que la que yo pasé. Mucho más difíciles, y la siguen peleando, con otro tipo de cáncer más jodido, u otras enfermedades. Ves a un inválido en la calle, pero no le importa, no afloja y le sigue dando igual para adelante. Y no se rinde nunca. Yo creo que ésos son los verdaderos ejemplos. A veces nos quejamos de cualquier pavada... Es como que a esa gente se las ve pero se las ignora porque, por más que se les dé una moneda, después se olvida de que estaban arrastrándose en la calle, mendigando, sin un techo, sin nada... Si realmente nos ponemos a pensar, podemos decir «pucha, por lo menos tengo dónde dormir, por lo menos tengo para comer». Pero te acostás pensando «uy, no tengo para comprarme un 0 kilómetro». Por ahí nos preocupamos por algunas cosas cuando, seguro, hay otras muchas más importantes que el tener, el tener y el tener”, disparó. 
“Hay cosas que son mucho más lindas también, como la vida. Hay un ejemplo que cuento, porque me pasó. Yo tenía 14 años y fue en una pelea que tuve, en un campeonato en Rosario. Mi rival tenía 16 años y, a esa edad, la diferencia se siente, tanto en la contextura física como en la edad. Era una pelea difícil y, con mi papá, nos habíamos entrenado mucho. Yo corría por la mañana y, a la tarde, entrenaba en el gimnasio. En ese tiempo yo iba a la escuela, y era el Día del Estudiante porque, mientras yo corría, mis amigos estaban en la plaza tomando gaseosas. Como yo debía cuidarme con el peso, no podía tomar nada, sólo un poco de agua. De gaseosas ni hablar y, de comer hamburguesas, mucho menos. Y la verdad es que a eso, en este tiempo, lo recuerdo porque digo «qué lindo que fue». Yo estaba entrenando, y ellos haciendo lo que todo chico, pasándola bien. Pero tuve mi premio, y gané el campeonato Regional. Esa noche que gané, fue realmente hermosa, porque gané por nocaut técnico, mi papá subió al ring y me abrazó, y fue muy emotivo (se le humedecen los ojos otra vez). Este recuerdo me llega mucho, porque el compartir ese momento con mi papá, que es mi entrenador, y que me abrace y se sienta orgulloso de mí... Algo parecido pasó el 13 de noviembre en Rafaela, cuando volví a pelear después de mi enfermedad. A este recuerdo lo conservo hasta ahora, porque yo podría haber estado con los chicos y decir «¿para qué me voy a entrenar?» Pero es algo que te queda para toda la vida, porque en ese momento el festejo hubiera sido ahí, en la plaza, y no una cosa duradera como la emoción que tuve, y que tengo hasta hoy, por haber ganado el campeonato”, tiró.
Y, para no queden dudas, detalló cómo encara la preparación para una pelea. “No hay que guiarse por las cosas que son pasajeras. Antes era de salir y, ahora, no trasnocho. Tampoco estuve jamás en cosas feas, como las drogas o el alcohol, ni el cigarrillo. Podemos decir «bueno, salgo esta noche y, al otro día, si puedo, me levanto y salgo a correr». No. Yo me acuesto temprano y trato de cumplir el objetivo, que es llegar bien a la pelea que viene y ganar, por más que sea de acá a un mes o dos. Tengo que hacer el sacrificio porque, mañana, voy a tener mi recompensa”, indicó. 
Y, así como nunca izó la bandera blanca en la lucha que emprendió, tampoco arrió la de la fe y la esperanza. “Al cáncer le gané por nocaut, y no se va a levantar más. Confío en Dios en que será así. Al igual que yo, hay mucha gente que le va ganando, y le va a ganar al cáncer. Tengan confianza, crean siempre y confíen en que todo va a salir bien”, concluyó.


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